LA MARSELLESA

La Marsellesa, de la revolución al deporte

Miguel Ángel Villena

Víctor Lazslo, un líder de la Resistencia, se levanta en un café de Casablanca y comienza a cantar La Marsellesa como réplica a la marcha Die Wacht am Rhein que está entonando un grupo de oficiales nazis. Poco a poco, entre el temor y la adhesión, los parroquianos del Rick´s Café se suman al coro del himno francés, un símbolo de la lucha por la libertad desde finales del siglo XVIII, y consiguen acallar las voces de los militares alemanes que se retiran humillados del local. Se trata, sin duda, de una de las secuencias más vibrantes, emotivas y bellas de Casablanca, (1942) una de las mejores películas de la historia del cine, y resulta difícil presenciar esas imágenes sin que las lágrimas asomen a los ojos de los espectadores, por muchas veces que se haya visto el filme. Canto de soldados y para el pueblo en armas (aux les armes, citoyens), himno compuesto en 1792 para arengar a las tropas revolucionarias francesas que marchaban a la guerra contra Austria, música compuesta en Estrasburgo y trasladada por batallones marselleses a París, La Marsellesa ha alcanzado la categoría del símbolo más universal de la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Más allá de culturas y de continentes, la música compuesta por el oficial Rouget de Lisle, pervive más de dos siglos después no sólo como un signo de identidad de la Francia republicana (basta con observar el brío con el que los deportistas franceses tararean el himno en cualquier competición, como en los recientes Campeonatos Mundiales de Natación), sino como parte de un patrimonio internacional. Pocas, muy pocas canciones llegan a alcanzar la categoría de símbolo para atravesar generaciones sin que el paso del tiempo afecte a su vigencia. Todos los republicanos españoles, sin ir más lejos, se identificaron tanto con esa letra y con esa música como con el mismísimo Himno de Riego.
En contraste con esa popularidad de La MarsellesaLa Marcha Real española no ha logrado ni de lejos convertirse en una música integradora ni motivadora sin entrar en los debates sobre el carácter militar y nacionalista, a veces incluso xenófobo, de todos los símbolos patrióticos. Pero, al margen de debates intelectuales, está claro que la música posee una capacidad de evocación y de movilización afectiva como ninguna otra de las artes o de las manifestaciones de la cultura. Quizás en España sea una prueba de una tradición individualista o la expresión de un país complejo y plural, pero lo bien cierto es que nuestro país nunca contó con un símbolo musical que aglutinara a la mayoría de su población si exceptuamos el citado Himno de Riego, declarado oficial por las dos Repúblicas (1873-1874 y 1931-1939). Sin ni siquiera una letra consensuada, a pesar de numerosos esfuerzos e intentonas que llegan hasta nuestros días, La Marcha Real figura entre los escasísimos himnos nacionales que no pueden cantarse. Sin embargo, esta significativa carencia de un himno integrador no sólo afecta a las instituciones, al poder establecido, sino que se extiende también a la España alternativa en todas sus variantes contemporáneas. Así pues, ¿existe acaso un emblema musical del antifranquismo y de la transición que no sea L´estaca, de Lluís Llach, muy reducida al ámbito catalán o el publicitario Libertad sin ira del grupo Jarcha? ¿Las movilizaciones del 15-M o las mareas ciudadanas de los últimos años han venido acompañadas de una melodía como laGrándola, vila morena portuguesa que ha puesto música y letra, 40 años después de la revolución de los claveles, a las protestas contra la crisis de millones de personas en el país vecino?
Algunos escépticos objetarán que los símbolos apelan más a lo sentimental que a lo racional o que los mitos tienden a difuminar las reivindicaciones colectivas o que las manifestaciones corales hay que reservarlas para los militares o los curas. No obstante, los respetables críticos de los himnos no deberían olvidar el increíble poder movilizador de una canción, de un libro o de una foto. No nos moverán, de Joan Baez; Indignaos, de Stephane Hessel; o las fotos del horror del napalm en la guerra de Vietnam han contribuido y contribuyen más a las movilizaciones sociales que millones de discursos o de arengas. Por todo ello, las dictaduras y los regímenes despóticos han mostrado siempre un inmenso miedo ante la fuerza incontenible de los símbolos que una sociedad entera acaba convirtiendo en sus palancas de protesta. Volviendo al cine, en la magnífica película Viva Zapata, de Elia Kazan, los militares mexicanos que acaban de acribillar a tiros al incómodo líder revolucionario gritan desesperados cuando el caballo de Emiliano Zapata huye de la emboscada en una plaza. “Se escapa un símbolo”, se desgañita un oficial, “y los símbolos son indestructibles”. Ahí está La Marsellesa y su canto contra las tiranías para demostrarlo más de dos siglos después. El himno francés, desde los revolucionarios a los deportistas que lo cantan, es ya algo indestructible.

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