ELS REFUGIATS DE LA GRAN DEPRESSIÓ

La cançó de Bruce Springsteen The ghost of Tom Joad està basada en el personatge principal de la novel·la d´Steinbeck Las Uvas de la Ira. Aquesta obra està contextualitzada en els anys de la Gran Depressió i relata la ruïna del camperolat de l´Estat d´Oklahoma com a conseqüència de les males collites -dust bolw-, de l´endeutament dels camperols i de la voracitat dels bancs americans per recuperar les seues inversions. Aquesta crisi va portar a molts d´ells a la pèrdua de les seues terres i de les seues cases, i els va forçar a emigrar cap a California. Allí els van anomenar de forma despectiva Okies, i digueren d´ells que eren persones brutes e ignorants. Però la cosa va anar més enllà tal com relata l´autor:  “Els que tenien propietats van tèmer per elles. Homes que mai havien patit fam van veure els ulls dels famolencs. Altres que mai havien desitjat res amb vehemència, pogueren veure la flama del desig en els ulls dels emigrants. I els homes dels pobles i de les  suaus zones rurals adjacents es van reunir per defensar-se; i es van convéncer a sí mateixos que ells eren els bons i els invasors els roïns”. Crec que aquesta novel·la fa un retrat precís de la condició humana i la seua diferent resposta davant la immigració. L´arribada de nouvinguts a un territori per les més diverses causes -desigualtats globals, catástrofes humanitàries, guerres, etc.- pot despertar, en un tres i no res, la por de por i el rebuig de la població autòctona. I és per això que, si no volem assemblar-nos als propietaris californians de la novel·la d´Steinbeck, haurem d´estar vigilants dels nostres propis pensaments i evitar caure així en l´odi, la por, l´egoïsme i la insolidaritat més tenebrosa.

Ara en llegirem un capítol que il·lustra molt bé el drama dels okies, els quals es van convertir al seu pesar en estrangers al seu propi país:

“Ahora las personas que estaban en movimiento, que iban en busca de algo, eran emigrantes. Las familias que habían vivido en una pequeña parcela de terreno, que habían vivido y habían muerto en un espacio de cuarenta acres, que habían comido o pasado hambre con lo que producían esos cuarenta acres, tenían ahora todo el oeste para recorrerlo a sus anchas. Y se extendían presurosas, buscando trabajo; las carreteras eran ríos de gentes y las cunetas a los bordes eran también hileras de gente. Tras estas gentes venían otras. Las grandes carreteras bullían de gente en movimiento. Allá en el medio oeste y el suroeste había vivido una población sencilla y campesina a la que no había afectado el cambio de la industria, que no había trabajado la tierra con maquinaria, ni conocido la fuerza y el peligro que las máquinas podían adquirir estando en manos privadas. No habían crecido en las paradojas de la industria. Sus sentidos todavía percibían con claridad lo ridículo de la vida industrial.

Y entonces, de pronto, las máquinas los expulsaron y ellos invadieron las carreteras. El movimiento les hizo cambiar; las carreteras, los campamentos a orillas de los caminos, el temor al hambre, y la misma hambre, les transformaron. Cambiaron porque los niños debian pasarse sin cenar y por estar en constante e incesante movimiento. Eran emigrantes. Y la hostilidad les hizo diferentes, los fundió, los unió: la hostilidad que hacía que en los pequeños pueblos la gente se agrupara y tomara las armas como para rechazar a un invasor, brigadas con mangos de picos, dependientes y tenderos con escopetas, protegiendo el mundo contra su propia gente.

En el oeste cundió el pánico cuando los emigrantes se multiplicaron en las carreteras. Los que tenían propiedades temieron por ellas. Hombres que nunca habían tenido hambre vieron los ojos de los hambrientos. Otros que nunca habían deseado nada con vehemencia, pudieron ver la llama del deseo en los ojos de los emigrantes. Y los hombres de los pueblos y de las suaves zonas rurales adyacentes se reunieron para defenderse; y se convencieron a sí mismos de que ellos eran buenos y los invasores malos, tal como debe hacer un hombre cuando se dispone a luchar. Dijeron: estos malditos okies son sucios e ignorantes. Son unos degenerados, maníacos sexuales. Estos condenados okies son ladrones. Roban todo lo que tienen por delante. No tienen el sentido del derecho a la propiedad.

Y esto último era cierto, porque ¿cómo puede un hombre que no posee nada conocer la preocupación de la propiedad? Y gentes a la defensiva dijeron: Traen enfermedades, son inmundos. No podemos dejar que vayan a las escuelas. Son forasteros. ¿Acaso te gustaría que tu hermana saliera con uno de ellos?

Los oriundos se autoflagelaron hasta convertirse en hombres de temple cruel. Entonces formaron unidades, brigadas, y las armaron… las armaron con porras, con gases, con revólveres. Ésta es nuestra tierra. No podemos permitir que estos okies se nos suban a las barbas. Y los hombres que iban armados no poseían la tierra, pero ellos creían que sí. Y los dependientes que hacían guardia por las noches no tenían nada y los pequeños comerciantes solo poseían un cajón lleno de facturas sin pagar. Pero incluso una factura es algo, incluso un empleo es algo. El dependiente pensaba: yo gano quince dólares por semana. ¿Y si un okie de mierda estuviera dispuesto a trabajar por doce? Y el pequeño tendero pensaba: ¿Cómo podría yo competir con un hombre que no tenga deudas?

Y los emigrantes bullían por las carreteras, el hambre y la necesidad reflejadas en sus ojos. No tenían ningún argumento, ningún sistema, nada excepto su número y sus necesidades. Cuando había trabajo para un hombre, diez hombres luchaban por él… luchaban por un salario bajo. Si ese está dispuesto a trabajar por treinta centavos, yo trabajaré por veinticinco.

Si ese se conforma con veinticinco, yo me conformo con veinte.

No, yo, estoy hambriento. Yo trabajaré por quince centavos, por un poco de comida. Los niños. Deberías verles. Les salen como pequeños diviesos y no pueden correr por ahí. Les di una fruta que se había caído y se hincharon. Yo trabajaré por un trozo pequeño de carne.

Y esto era bueno porque los salarios seguían cayendo y los precios permanecían fijos. Los grandes propietarios estaban satisfechos y enviaron más anuncios para atraer todavía a más gente. Y los salarios disminuyeron y los precios se mantuvieron. Y dentro de muy poco tendremos siervos otra vez.

Y entonces los grandes propietarios y las compañías inventaron un método nuevo. Un gran propietario compró una fábrica de conservas. Y cuando los melocotoneros y las peras estuvieron maduros puso el precio de la fruta más bajo del coste de cultivo. Y como propietario de la conserva se pagó a sí mismo un precio bajo por la fruta y mantuvo alto el precio de los productos envasados y recogió sus beneficios. Los pequeños agricultores que no poseían industrias conserveras perdieron sus fincas, que pasaron a manos de los grandes propietarios, los bancos y las compañías que al propio tiempo eran los dueños de las fábricas de conservas. Con el paso del tiempo, el número de las fincas disminuyó. Los pequeños agricultores se trasladaron a la ciudad y estuvieron allí un tiempo mientras les duró el crédito, los amigos, los parientes. Y después ellos también se echaron a las carreteras. Y los caminos hirvieron con hombres ansiosos de trabajo, dispuestos incluso a asesinar por conseguir trabajo.

Y las compañías, los bancos fueron forjando su propia perdición sin saberlo. Los campos eran fértiles y los hombres muertos de hambre avanzaban por los caminos. Los graneros estaban repletos y los niños de los pobres crecían raquíticos, mientras en sus costados se hinchaban las pústulas de la pelagra. Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar”.

Capítol XXI Las Uvas de la Ira. John Steinbeck

En aquest fragment de la cançó The ghost of Tom Joad de Bruce Springsteen, el personatge principal de la novel·la d´Steinbeck, Tom Joad, convertit en fantasma, esdevé un model de valors de solidaritat i compromís. I és per això que aquesta obra em sembla tot un símbol de solidaritat amb els emigrants i els refugiats, un clam a favor de la dignitat de les persones, un crit contra l´odi i la irracionalitat que qualsevol fenomen migratori planteja en la societat d´acollida. Afortunadament, junt a les mostres de rebuig també hi podem observar altres de solidaritat i generositat.

 

“Mamá, dondequiera que haya un poli golpeando a un tipo

dondequiera que un hambriento bebé recién nacido llore,

donde haya una lucha contra la sangre y se respire odio,

búscame, mamá, allí estaré.

Dondequiera que haya alguien luchando por un lugar donde establecerse

o por un trabajo digno, o para que le echen una mano,

dondequiera que alguien se esté esforzando por ser libre

mira en sus ojos, mamá, me verás a mi”

Bruce Springsteen

Per últim, i potser hauria de ser a l´inrevés, vos pose la cançó  Dust Bowl Refugee de Woody Guthrie que recull, com a font primària, el drama dels okies, els camperols que van tindre la doble desgràcia d´haver de marxar i la de no ser ben acollits.

 

 

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